Serie de cuentos cortos, Quemarropa 1: El Agujero
Subí a la cima del barco, como me fue instruido. Había fallado en mi deber, la causa siendo una mezcla de negligencia y mala fortuna; ahora la única tarea que quedaba era saltar. Es decir, por lo menos encargarme del peso muerto que nos hunde. Mi humor y los cielos son del tono de la ausencia, solamente sé que existe una lluvia incesante porque dificulta la respiración y reconozco la violencia del mar porque la puedo escuchar, además de su eterna amenaza de zozobrar la embarcación. Lleno de nostalgia, volteo una última vez a la puerta del camarote, buscando algo de consuelo en mi pasado. Ha sido inutil, lo único que me ha seguido es la deshonra. Ahí estaba, imperturbable, como si la violencia del mar en todo su poder le fuese insignificante. Me ha seguido con la intención de ejecutarme, como si la tristeza no fuera suficiente vacío para el corazón. Apunta con precisión quirúrgica de un trauma y jala el gatillo con la sutilidad de una palabra. Por un momento el estruendo del mar es silenciado por una cruel centella que me traspasa de esternón a columna.
Me he dejado llevar por la fuerza del impacto y caigo en dirección a las entrópicas aguas. El descenso parece eterno, y de alguna manera inexplicable puedo ver el barco, los cielos y el agua, todo a la vez, detenido en el tiempo, pero con la sensación de caer intacta. No es la gravedad la que me arrastra sino mi propia desesperanza. El impacto con el agua es imperceptible con el mar ‘picado', solamente siento la desesperación y los pulmones llenos de agua. Por reflejo de supervivencia comienzo a nadar, principalmente hacia arriba, apenas puedo sacar la cabeza de las aguas cuando ya tengo otra ola por encima de mi. El cansancio llega pero es extraño, lo siento antes de mover los brazos no después de esforzarme. Mi mente es un torbellino de confusión, he perdido la capacidad de distinguir entre mis miedos y esta pesadilla, quizás por que son ya lo mismo. Siento un golpe de entendimiento… el mar, el aire, el hambre… no estoy harto de pelear sino de vivir. Mis emociones explotaron como un volcán ahí, sobrepasando el instinto de supervivencia y pude rendirme por fin al hundimiento.
Me hundí hasta que la noche se hizo día y las aguas, arena. Esta no es la playa en donde quería morir, aunque desde el inicio del viaje sabía que ese era mi destino. El vacío en el pecho drena mi consciencia lentamente sobre el áspero suelo, que ahora parece más bien estar hecho de billones de rubíes. No hay vida en este lugar, todo es ahora polvo y arena; inclusive yo llevo muerto desde el balazo. Me ha costado todo esta aventura, solo queda desplomarme de costado sobre la costa y esperar a que mi cuerpo se disuelva. No quedan más lugares a donde ir, siento como mis piernas se deshacen con la leve brisa, como un castillo de arena que paga el costo de existir ante la marea. No restan tareas que realizar, mis brazos ceden al desgaste de herramientas arrumbadas. Sin propósito, el resto de mi cuerpo y respiración se vuelven polvo, parte del litoral.
Aun deshecho, el dolor persiste, ha dañado mi esencia a un nivel incomprensible. Mi remedio es llenar el vacío con fragmentos del mundo para formar parte del mismo. Me imagino tomando arena y cubriendo mi herida, sanando por primera vez un malestar que parecía no tener cura. Por fin puedo escuchar el silencio y ver la belleza de este lugar, que no será el ideal, pero aquí me he renovado. En la lejanía percibo un llamado a otro sitio, así como un débil espíritu antiguo que se ve forzado a obedecer por obligación a quien le conoce por nombre, se que soy requerido. Atenderé no por la fuerza, sino por deber y honor a quien conoce el nombre. Los cielos parecen un marco y las nubes su puerta, veo el lugar del llamado y la tarea por delante.
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