9. Batería de Decepción
Creo que la mayoría de los ‘desencantos’ por llamarlos de tal manera, con los que me he topado no han sido por necedad ni necesidad cósmica, sino por la inconsistencia de la gente en sus compromisos. Evidentemente no es solo un problema con el que yo me enfrento, sino una tendencia social a desvalorizar la importancia de la palabra hablada y de las promesas hechas, inclusive las implícitas. Creo que está relacionado a las enseñanzas del catolicismo, en donde podemos transgredir en contra de otras personas y simplemente pedimos perdón ante dios, no ante tales personas y nos podemos desentender de toda culpa, malestar y castigo cósmico. Es decir, tenemos un compromiso con nuestros supuestos valores por razones egocéntricas, nada tienen que ver los demás ni cómo les afectan nuestras acciones. Eso es problemático porque los valores y principios están sujetos a interpretación pero la existencia de las personas y la posibilidad de dañarles son certeras. Es fácil, también, evadir el recordatorio del daño a otros, tan simplemente con ignorarlos o alejarse de ellos y se acabó. La evasión de la responsabilidad es otro problema completamente distinto, pero forma parte del mismo esquema de escapar de las consecuencias, aun aquellas teóricas sobre lo que se supone que debemos hacer en contraste de lo que hicimos.
La facilidad con la que la gente rompe sus compromisos es aterradora en verdad, se vuelve una broma el tomar el compromiso de compartir tiempo con otra persona. ‘Enseñame a tocar el piano,’ ‘vamos a tomar algo,’ y ‘tenemos que ponernos al día’; son expresiones comunes que denotan una mentira importante a menos que se cree una costumbre ese mismo dia y considerando que somos el tipo de especie que ni siquiera puede cumplir sus metas de nuevo año, la probabilidad de que alguien escoja hacer un compromiso frecuente es nula. Es en verdad una forma de deshumanización, el simplemente romper con las expectativas de otros bajo las cuales participamos en crear, implícita y explícitamente.
Quizá es prudente ser más específico con los sucesos recientes. Aunque están bien resumidos con lo anterior. La gente rompe con sus compromisos y con las expectativas planteadas. Creo importante analizar la razon ¿Por que? Por sus emociones. Tan simple y sencillamente. Esa es la justificación primordial que la gente ha utilizado para desconectarse de lo prometido, de lo debido. La flojera, la incomodidad y la ansiedad, hay una variedad de emociones por las cuales las personas han cancelado sus compromisos conmigo, simplemente a su conveniencia. Por supuesto, quiero enfatizar que cada quien está en su derecho de hacerlo, nada es forzoso cuando se trata de un compromiso conmigo, sin embargo debo decir que es bastante desagradable que repentinamente las personas desaparecen (por lo menos de ese compromiso o deber), llevándose consigo la confianza que existía. Claro que muchas de estas personas aún tienen interés de continuar una relación social, bajo sus condiciones y conveniencia, por supuesto.
No valdría la pena hacer una anotación de esto si solamente hubiese ocurrido una vez. Pero al parecer es algo constante, habitual para el latinoamericano. De hecho mientras más pongo atención, es una realidad inescapable el de la decepción social. Supongo que lo más cruel, irónico y, quizás en un giro de justicia poética, solamente conservan las relaciones más manipuladoras, abusivas y violentas con las que se encuentran. No voy a decir que no disfruto saber que el abusador es también víctima de sus propias tendencias sin embargo, si me siento triste por los inocentes que pagan por sus tendencias. No hablo esto desde una posición de perfección y superioridad, lo hablo como un ser humano que tiene sus propias fallas y que ha aprendido a arrepentirse y disculparse, una persona que conoce que el pedir perdón es un paso solamente para reparar el daño, no es lo que la religión nos vende como una panacea ante la maldad y la culpa.
La batería de decepción posiblemente comienza desde mis primeras experiencias en preescolar y se extiende hasta mi vida profesional. Tengo dos respuestas ante estas vivencias. La primera de estas respuestas es justificar a los demás, decir que son sus experiencias de vida, que son sus padres heredando esquemas, que no han tenido una elección durante este proceso y que ciertamente no es algo que eligieron para sí mismos. La segunda es que el mundo está en desorden. Todo está boca abajo, y me crea un fuerte impulso a intentar comprender la naturaleza del desorden. ¿Cómo es que llegamos hasta este punto? ¿Qué hay del honor y del deber? Más de una persona me escuchara citar y defender al Valeroso Caballero Don Quijote de la Mancha, que conocía de compromisos y los colocaba dentro de lo más sagrado de su existencia, algunos eran temporales y otros eran trascendentes, pero haría todo por cumplirlos. ¿Quién está loco en realidad? ¿Aquel que le da la oportunidad a otros de vivir de acuerdo a reglas más allá de las sociales o aquellos que deciden que la flojera es más que suficiente justificación para poner en peligro sus relaciones personales?
Cabe mencionar que esta tendencia al deshonor de la palabra hablada tiene siglos ya existiendo, no es algo que comienza durante los años que llevo vivo. Es historia… pero a la vez es presente. Es historia viva en el presente que se transmite en las familias y se completa en lo que se hace pasar por sociedad. Más de una conversación he tenido con tales personas y mil veces cuestionan el propósito de la reproducción y de una familia. Concuerdo con sus dudas y presentó una respuesta, sus generaciones pasadas, sus valores y sus ideas se precisan extinguir. Se necesita una generación que rompa con los esquemas anteriores a un nivel jamás visto antes. Es necesario olvidar nombres y apellidos, es preciso comenzar a tomar sus mismos abuelos como mitos de un pasado cruel, lleno de mendigos y ladrones, que no hacen más que robarles tiempo y vida a las nuevas generaciones y a sus ideas. Olvidar, soltar y perder. Todo siendo una meta imposible, de ahí el problema de que la gente herede sus defectos, siendo la decepción de otros una de las muchas tendencias de las cuales deshacerse. Sin embargo, el universo no lidian bien con la pérdida, la naturaleza de los memes culturales y el ADN es la misma, crear nuevas ideas es fácil, deshacerse de las viejas es casi imposible, de ahí que sea tan difícil que latinoamérica, por ejemplo salga de sus malas costumbres. Uno tendría que estar dispuesto a morir y renacer para cambiar, lo cual es mucho pedir en una especie que se dedica a soñar en inmortalizar su experiencia consciente en un paraíso.
Son muchas palabras para decir que no hay solución. Por lo menos no bajo la naturaleza de la genética ideológica. Habría que meter mano, interferir, revertir el orden de los valores y reorganizar un sistema que se ocupe de mantenerlos. La batería de la decepción no es un hábito cualquiera, es un sistema cuidadosamente desarrollado en un ambiente en donde solo tiene éxito aquel que se aprovecha. Nunca va a cambiar una estrategia exitosa, uno tendría que estar loco para pensar que aquello que sobrevive y se reproduce cambiará para el bienestar de todos. Antes consumiría toda la materia existente que proporciona sustentablemente una nueva forma de ser y estar en el mundo que fuese incompatible con si.
Pero la gente es demasiado ignorante como para que se les hable de honor y deber y la importancia de cumplir con los demás. Es demasiado terca como para comprender que cuando otros ganan, todos ganamos. Demasiado infantil como para reconocer que su estilo de vida está dañando a otros. Demasiado inocente como para entender que darle de comer al pobre sin otorgarle una salida de su condición es simplemente extender su sufrimiento. Lo único que penetra la mente del ignorante es la fe. Aquella arma secuestrada y torcida por el monoteísmo ético para sus propósitos indignos y perversos. Posiblemente la solución yace en el problema mismo, después de todo educar a la gente es una tarea extremadamente difícil, que requiere de paciencia, de años de inversión monetaria y de esfuerzo personal.
Posiblemente, el fanatismo nos metió en este problema y el fanatismo nos sacará. Simplemente precisa pertenecer a la idea correcta. No todos necesitan comprender el orden para que domine, ni mucho menos para que sea funcional. Las implicaciones deben ser correctas, eso sí. Pero la comprensión a fondo solo la necesitan quienes la busquen y debe ser congruente, internamente consistente. Ninguna de las ideologías presentes tiene congruencia interna, lo cual debe decir bastante sobre la supuesta ‘comprensión’ que el ser humano llega a adquirir y ejercer. Teoría y más teoría. Se precisa el orden correcto.
Más de un problema se desencadena en un monólogo de 1. la cultura es el problema y 2. cambiar su solución. No veo otra salida, mi visión solamente me permite enfocarme en ello. Todas las demás posibilidades son… más de lo mismo, una infinidad de mediocridad.
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